contacto@mexicanosprimeromichoacan.org

La escuela abierta, aunque el balón ruede

 

 

Horacio Erik Avilés Martínez*

Cada vez que el calendario escolar coincide con temperaturas extremas o con la euforia de un torneo internacional de fútbol, ciertos funcionarios de educación descubren de pronto una sensibilidad inusitada hacia el bienestar infantil. El calor, dicen, es insoportable. Los partidos, añaden, generan ausencias masivas de todos modos. Mejor suspender. Mejor cerrar. Mejor, en suma, ceder al pretexto más cómodo disponible y llamarlo política educativa.

Lo que esos funcionarios rara vez mencionan es que México ya vivió exactamente esa situación, y más de una vez. Que el país organizó dos Copas del Mundo en pleno ciclo escolar, bajo soles que no pedían permiso, y que en aquellas ocasiones las escuelas permanecieron abiertas. Que los maestros se las ingeniaron. Que los niños aprendieron de todas formas y que muchos de ellos recuerdan hoy aquellos días de junio como los más vivos de su infancia escolar. El problema presente, en consecuencia, no es nuevo. Lo nuevo es la disposición a rendirse ante él.

El primero de junio de 1970 México inauguró ante la Unión Soviética la novena Copa del Mundo de la FIFA, disputada en territorio nacional. Las escuelas de todo el país llevaban semanas sabiendo que el torneo coincidiría con las últimas jornadas del ciclo escolar, y ninguna autoridad educativa decretó suspensión alguna. El calendario siguió su curso. Los maestros, sin embargo, no fingieron que el torneo no existía.

El 14 de junio de 1970, cuando México enfrentó a Italia en los cuartos de final en un partido que terminaría cuatro a uno en favor de los azzurri, la derrota llegó durante el horario escolar. Varios maestros detuvieron brevemente la clase para escuchar el marcador final por la radio. Hubo silencio, alguna lágrima entre los niños más pequeños y luego la maestra de quinto año de esa misma primaria de Pátzcuaro hizo algo que sus alumnos no olvidarían: les pidió que escribieran una carta al portero Ignacio Calderón explicándole por qué, a pesar de la derrota, estaban orgullosos de la Selección. Fue la mejor práctica de redacción del ciclo escolar.

Dieciséis años después, entre el treinta y uno de mayo y el veintinueve de junio de 1986, México organizó por segunda vez una Copa del Mundo. El país atravesaba entonces una crisis económica severa, el peso se había devaluado, el terremoto de septiembre de 1985 había dejado cicatrices profundas en la Ciudad de México y, sin embargo, la fiesta futbolística movilizó al país entero con una intensidad que los registros de la época apenas alcanzan a capturar.

Las escuelas, una vez más, permanecieron abiertas. Pero en esta ocasión la televisión había llegado ya a la mayoría de los planteles urbanos y semiurbanos del país, y los directores adoptaron una solución que hoy parece obvia pero que en su momento requirió valentía institucional: sacar el televisor del salón de usos múltiples, colocarlo bajo una palapa improvisada en el patio principal, y transmitir los partidos de México como actividad colectiva del plantel. Los niños sentados en el suelo, los maestros de pie a los costados, la bandera nacional colgada sobre la pared más visible. El fútbol como acto cívico.

La diferencia entre lo que hicieron los maestros de 1970 y de 1986 y lo que hoy se propone con el cierre anticipado del ciclo escolar es que hay barreras adicionales a la temperatura o la pasión por ver partidos de fútbol: es actitud institucional, cultura pedagógica y, en el fondo, respeto por la infancia.

Cuando una secretaría de educación decreta la suspensión de clases porque hay calor y hay Mundial, está enviando un mensaje pedagógico de enorme contundencia: que ante la dificultad, la respuesta institucional es retirarse. Que las condiciones adversas no se administran, se eluden. Que el bienestar de los niños se garantiza manteniéndolos en casa y no resolviendo los problemas que impiden que estén bien en la escuela. Ese mensaje, aprendido desde la infancia, producirá ciudadanos que huyen de los problemas en lugar de enfrentarlos.

México cuenta hoy con recursos que en 1970 eran inimaginables y que en 1986 eran incipientes. Tiene conectividad digital, aunque desigual, que permite planear actividades mixtas entre el espacio escolar y el entorno cercano. Tiene plataformas de contenido educativo que podrían integrarse sin dificultad a una programación escolar flexible. Tiene maestros formados en competencias socioemocionales que saben cómo convertir la tensión de un partido de fútbol en una oportunidad de trabajo grupal. Y tiene, sobre todo, una memoria histórica que le demuestra que el problema ya fue resuelto antes, sin recursos extraordinarios, con voluntad pedagógica y sentido común.

La primera medida al alcance de cualquier secretaría de educación estatal es la más simple: equipar las aulas con ventiladores industriales o de techo antes de que llegue el calor. El presupuesto que se destina a gestionar comunicados de suspensión, a coordinar recuperaciones de días perdidos y a justificar ante la sociedad el incumplimiento del calendario bien podría redirigirse hacia ese fin concreto y duradero. Ventilar las aulas es una obligación básica de habitabilidad que el Estado mexicano arrastra como deuda generacional.

La segunda medida es rediseñar el horario escolar sin abandonar el plantel. Iniciar la jornada a las siete de la mañana y concluirla antes del mediodía es una adaptación inteligente al clima regional, práctica que ya opera con naturalidad en los estados del norte del país y que el resto de México podría adoptar con voluntad institucional y sin drama administrativo. Los maestros de 1970 lo hacían de facto, con el acuerdo tácito de padres y directivos, sin necesidad de acuerdo secretarial alguno.

La tercera medida vincula directamente el Mundial con la presencia escolar: instalar una pantalla en el patio, en el aula magna o en el espacio más fresco disponible y transmitir los encuentros de la Selección Nacional como actividad colectiva del plantel, lo que convierte un pretexto de ausencia en una oportunidad de presencia. El fútbol como fenómeno cultural, como detonador de identidad colectiva, como contenido vivo para trabajar estadística, geografía, historia, civismo y educación física vale más dentro de la escuela que frente al televisor de la casa con las puertas cerradas. Lo que los maestros de Morelia hacían en 1986 con un televisor prestado y una palapa improvisada, hoy puede hacerse con mucho mayor sofisticación y sin costo extraordinario.

Cada día que un niño no va a la escuela es un día que el Estado mexicano le debe y que, en la mayoría de los casos, nunca le paga. La evidencia acumulada sobre los rezagos educativos postpandemia en México es suficientemente dramática como para que cualquier funcionario de educación que conozca los datos sienta al menos incomodidad antes de firmar un decreto de suspensión por calor o por Mundial.

Pero las consecuencias de la renuncia institucional van más allá de los días lectivos perdidos. Van al corazón del modelo de autoridad que la escuela proyecta sobre los niños y los jóvenes. Una escuela que cierra porque hace calor enseña que las condiciones difíciles justifican la retirada. Una escuela que cierra porque hay fútbol enseña que el entretenimiento masivo tiene más peso institucional que la educación. Esas lecciones, impartidas sin un solo libro de texto, son más duraderas y más dañinas que cualquier rezago cuantificable.

Los maestros de 1970 y de 1986 enseñaron lo contrario. Enseñaron que el calor se administra, que el fútbol se integra, que la adversidad se convierte en materia prima pedagógica. Enseñaron eso no con discursos, sino con su presencia y con su ingenio. Esa tradición existe. El problema es que los sistemas educativos de hoy parecen haberla olvidado.

La primera y más urgente propuesta es que dejen a las comunidades escolares decidir por sí mismas; para inmediatamente realizar un diagnóstico honesto de infraestructura: que las autoridades educativas visiten los planteles antes de decretar suspensiones, comprueben in situ cuáles aulas son inhabitables por el calor y cuáles simplemente están incómodas, y distingan entre un plantel sin techo ni ventilación donde suspender es un acto humanitario y un plantel funcional donde la suspensión es la ruta de menor resistencia administrativa. Esa visita y un diagnóstico honesto valdría más que cualquier decreto calendárico emitido desde una oficina con aire acondicionado.

La segunda propuesta es la habilitación de espacios subutilizados: algunas escuelas cuentan con bibliotecas, laboratorios o salones de usos múltiples que pueden habilitarse como aulas alternas durante los meses más cálidos, rotando grupos, escalonando horarios y reduciendo el hacinamiento térmico sin reducir el tiempo lectivo.

La tercera propuesta recupera el espíritu de los maestros de 1986: diseñar una unidad didáctica transversal articulada en torno al Mundial que permita trabajar matemáticas con estadísticas deportivas, geografía con los países participantes, historia con los antecedentes de los torneos anteriores, educación física con el análisis biomecánico del juego y ética con los dilemas morales que el deporte de alta competencia inevitablemente genera. El fútbol puede ser aprovechado pedagógicamente, el error es dejárselo a la televisión.

Hay algo que los funcionarios educativos de hoy podrían hacer antes de firmar cualquier decreto de suspensión: buscar a alguien que haya sido niño en México en junio de 1970 o en junio de 1986 y preguntarle cómo recuerda aquellos días. Con toda probabilidad encontrarán a una persona que recuerda haber visto los partidos en la escuela, que recuerda el olor del patio mojado por las mangueras de riego, que recuerda a un maestro o una maestra que convirtió el torneo en una lección memorable. Esa memoria existe. Ese modelo existe. Solo hace falta la voluntad de recuperarlo.

En 1970 México no tenía ventiladores industriales ni plataformas digitales ni proyectores de video. Tenía maestros con voluntad pedagógica y autoridades educativas que no los frenaban. En 1986 México atravesaba una crisis económica impresionante. Y aun así, las escuelas permanecieron abiertas y los niños aprendieron. Muchos de ellos llevamos grabado en la memoria el rostro de un maestro que nos demostró que aprender y disfrutar podían ser la misma cosa.

Ese es el legado que hoy se amenaza con dilapidar a cambio de unos días de cierre administrativamente cómodo. El calor no es nuevo. El Mundial no es nuevo. Lo nuevo es la disposición de las autoridades educativas a rendirse ante problemas que sus predecesores resolvieron con ingenio, presencia y sentido de responsabilidad histórica.

Las escuelas deben permanecer abiertas. El calor se administra. El fútbol se integra. La historia lo demuestra. Solo hace falta decidir estar a la altura de ella. Claro, siempre y cuando, sean el calor y el fútbol las razones por las que se busca cerrar las escuelas…

Sus comentarios son bienvenidos en eaviles@mexicanosprimero.org y en X en @Erik_Aviles

 Visita nuestro portal electrónico oficial: www.mexicanosprimeromichoacan.org

*Doctor en ciencias del desarrollo regional y director fundador de Mexicanos Primero capítulo Michoacán, A.C.

Compartir :

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

× ¿Cómo puedo ayudarte?